Nuria. Así se llamaba mi primer amor. Mi primer amor serio y a la que le dí la categoría de novia. Antes de ella habían existido otras, las salecón que dice mi hija mayor. Enamoramientos veraniegos e iniciaciones con alguna chica extranjera más o menos avezada en las técnicas amatorias. Y es que, en aquella época, los chicos empezábamos a medio saber lo que era el cuerpo de una mujer con forasteras.
Nuestros caminos se cruzaron cuando los dos teníamos diecisiete años. Fue un mes de abril. Un seis de abril exactamente. Casi, casi al son de aquella canción de Mocedades que sonaba por aquél entonces y cuya letra decía en abril nació el amor
y el otoño se lo llevó. Nuestra relación duró algo más. Poco menos de un año y medio. Un año y medio que supuso el fin definitivo de mi adolescencia y la entrada para siempre en el mundo de los adultos. Un año y medio en el que las fantasías se convirtieron en realidades para dar paso a los sueños. A los sueños de futuro.
Salí del amparo de mis padres para refugiarme en el del amor. En el del amor para siempre. Porque cuando te recibe el amor, cuando notas su abrazo, crees que es para toda la vida, porque ya no te puedes imaginar tu vida sin esa persona. Después viene la vida, compañera inseparable del amor, para sacarte del engaño. Pero entonces eso no lo sabía y me preparé para que Nuria fuese ese amor
y eso me convirtió en hombre. Ella me convirtió en hombre.

Me enamoré de ella perdidamente y era correspondido. Nos conocimos y, en una semana, se juntaban nuestros labios, no sin antes utilizar las formalidades que por aquél entonces se estilaban. La formalidad era que había que pedir para salir y, si te daban el esperado sí, ya podías besar a la chica en los labios. Esa era la secuencia. Luego tus amigos o amigas para saber si el chico o la chica ya era tuyo o tuya en exclusividad te hacían la pregunta ¿Ya sales con él o ella? y según la respuesta fuese afirmativa o negativa, ya sabían que si te habías dado el lote o morreo.
Recuerdo que pasamos ese fin de semana con los labios pegados. Parecíamos una sola boca. Descubrimos la avidez del deseo y, superado el miedo que en un primer momento el deseo en estado puro te hace sentir, nos abandonamos a él
y me dije que aquello no podía terminar nunca. Aquellos sentimientos cuya esencia destilábamos en cada uno de nuestros encuentros, eran únicos e irrepetibles y nunca más podrían darse con otras personas. Era imposible que pudiesen tener otros protagonistas diferentes a nosotros. Y es que el mundo giraba porque ella existía. Y el sol cruzaba la línea del horizonte cada día porque ella sonreía.
A pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, aún se porqué la quise tanto. Por primera vez me hizo sentir que era importante para alguien. Ella que era ya una mujer en la que se juntaban inteligencia y sensualidad, estaba colada por un niño como yo y me necesitaba. Ese sentimiento que me elevó a la categoría de héroe es el que atrapó mi alma. Y eso que poco podía ofrecerle yo en aquél entonces como no fuese un amor incondicional y un deseo convenientemente hormonado. Había iniciado por entonces la universidad y estaba preparando oposiciones para entrar en la administración pública. La verdad es que no hubiese preparado las oposiciones si Nuria no hubiese aparecido pero, como el futuro no podía preverlo sin ella, tenía que trabajar para construirlo.

Con tanta ocupación, Universidad y preparación de oposiciones y el trabajo de ella -había dejado de estudiar y se puso inmediatamente a trabajar al poco de conocerme- sólo nos quedaban los fines de semana para estar juntos. Es fácil imaginar cómo los pasábamos
Tal vez, esos diferentes caminos que habíamos elegido fue lo que, al final, dió al traste con nuestra relación. Yo en segundo de carrera y preparando unas oposiciones de incierto resultado. Ella trabajando y pensando en formar una familia. Si. A los diecinueve años. Entonces, en aquellos años, las cosas eran así. Lo hubiese dejado todo por ella y me habría partido el espinazo en la obra como unos meses antes había hecho en un trabajo temporal, si un mes de agosto y un amigo de la infancia, mi mejor amigo, no hubieran aparecido en nuestras vidas.
Lo que pasó ese agosto es historia conocida. Me quedé sin novia y sin mi mejor amigo. Aunque la memoria es selectiva para los momentos tristes, recuerdo a la perfección el día y el instante en que escuché su voz al otro lado del teléfono. Un veintidós de agosto. Tal día como hoy se acabó ese primer amor.
Primero aparece el dolor. Un dolor intenso, imposible de calmar, hasta que luego se convierte en angustia, antesala de la desesperación
Finalmente, el vacío. Absoluto, profundo y oscuro vacío. El mundo se había roto en mil pedazos y ya no existía nada. Y yo era reo en esa nada.
Lloré. Lloré durante semanas, hasta que las lágrimas dieron paso a la rabia. Si, esa depredadora que transforma el amor en odio cegando los buenos recuerdos. Nuestros buenos momentos. Y así, cegado por la rabia hice lo que nunca se debe hacer, cerrar con un portazo nuestra historia cuando, unos meses más tarde la llamé por teléfono y lo único que se me ocurrió fue insultarla.
Casi un año más tarde la seguía recordando y, cuando me enteré que había roto con mi (ex) amigo, me hice el encontradizo. Por aquél entonces la rabia ya había desaparecido. Ahora era el orgullo el que me tenía preso. Un orgullo que me impidió pedirle perdón cuándo nuestras miradas se encontraron y que atenazó mi corazón cuándo quise decirla lo mucho que la encontraba a faltar. Lo mucho que la necesitaba todavía. Pero no fue así y traté de hacerla saber, con palabras frías como el hielo, lo bien que me iba en la vida. Aprobé la oposición y en abril empecé a trabajar. Voy al trabajo por las mañanas y, por las tardes a la facultad. Me va fenomenal en la carrera ¿Sabes? Estoy ya en tercero y voy a empezar periodismo. Por lo demás, no me quejo, ahora salgo con fulanita. Una sonrisa de ella por respuesta. Una lágrima reprimida y un adiós. Eso fue todo. Adiós.
Nunca más volví a verla y si nos cruzamos por la calle, no la reconocí. Nunca más volví a hablar con Nuria. Sólo supe de ella, hace más de diez años, a través del marido de una compañera suya de trabajo que me contó retazos de su vida actual. Se casó con alguien que yo no conocía y tuvo un hijo. Continuaba trabajando en el mismo sitio y, por lo que supe, no le iba mal. Me alegré de corazón. Me alegré mucho de que la vida le sonriese. Que fuese lo afortunada que lo era yo.
La hubiese llamado en más de una ocasión para pedirle perdón. Para decirle lo arrepentido que estaba de haber dicho lo que dije. Para reírnos de las chiquillerías que hicimos. Para contarle lo importante que había sido en mi vida. Para que supiese que ella había sido el primer amor con todo el valor que eso tiene. Para desearle toda la felicidad del mundo incluso más de la que yo tengo
si es que la felicidad se puede medir. Para recordar los únicos momentos que conservo de ella, los buenos
Y estoy convencido que ella hubiese querido hablar conmigo y decirme que también había sido valioso en su vida y que siempre que me recordaba lo hacía con una sonrisa. Nuria también hubiese querido cerrar nuestra historia. Pero esta vez sin portazos. Con cariño.
Pero no lo hice y ya nunca podré decírselo. Nuria murió un veintidós de agosto. Hoy hace justo un año. Ví su esquela en una sección de necrológicas y, por segunda vez, se fue. Ella que fue mi primer amor. Ese que nunca se olvida. Ese que nunca olvidaré. Hasta siempre. Hasta que nos encontremos.