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ENTRE LINEAS

El Autor

Deseos para todo tiempo

Deseos para todo tiempo

Deseo, en primer lugar, que mis amigas y mis amigos, tengan felicidad porque su felicidad será recibida como propia.

 

También deseo felicidad a mis conocidas y conocidos porque, tanto si transitamos una parte del camino juntos, como si no lo hacemos, siempre nos quedará el haber sido felices en compañía.

 

Pero a quién de verdad deseo felicidad es a mis enemigas y enemigos porque, viviendo esa felicidad, se olvidarán de la mía...

Modestia ...

Modestia ...

... y yo que soy como el "gordo" de Navidad. Un premio muy repartido ... Compradme pues, señoras, para la lotería del "Niño". Intentaremos hacerlos.

Sobre el noble oficio de escribir y expresarse

Sobre el noble oficio de escribir y expresarse

Hace muchos años estaba convencido que no sabía escribir. Cuando intentaba relatar algún suceso, algún sentimiento, me encontraba delante del papel un muro infranqueable llamado “¿Cómo?” con el que mis palabras tropezaban continuamente. Pensaba que mis errores eran el no tener un orden claro de ideas y  el no poseer un esquema previo sobre lo que realmente quería decir. Imaginaba que esos eran mis problemas a la hora de llenar papel en blanco. Pero no eran esos los inconvenientes. Desde la perspectiva que da la experiencia, de lo que en realidad se trataba era de desposeerse de ese intento por escribir algo bonito, algo que “guste” a los que te leen y llenarte de corazón que te permita construir ese camino directo que te lleve al alma de los demás. Se trata únicamente de contar la realidad,  esa realidad que es simple, sin palabras rebuscadas. Eso nos allana el camino.

 

Se que algo he mejorado en mi comunicación escrita. Prueba irrefutable de ello es que, algunos jueces -los que me dan la razón con sus sentencias- me entienden. Bromas aparte, hoy cuento esto porque algun@s de l@s que visitáis estas páginas confesáis que “no dejáis comentarios por que no creéis estar a la altura”. Mis querid@s lector@s, tod@s excepto, claro está l@s anormales, estamos a la  misma altura y nos movemos en un espacio atrapado entre el cielo y la tierra. En ese espacio nos ocurren cosas reales. Esas cosas reales o fruto de la imaginación de l@s autor@s, explicadas por personas reales, son las que me gusta leer, entre otros motivos porque me encanta aprender de las experiencias del prójimo y de la prójima. Y si quiero ficción, me voy a ver una película o me compro un libro. Así que seguir escribiendo, comentando, criticando, preguntando porque, como decía el poeta, cuando lo pierda todo, siempre me quedará la palabra. Las vuestras y la mía.

El enemigo

El enemigo No busqueis más. Lo habeis encontrado. Soy... ¡ el enemigo !. He amado y me han amado hasta la locura... Llegué a tocar el cielo en un viaje inimaginable en una nube de algodón... Vimos amaneceres, nos bañamos en estrellas y buceamos en ese mundo de sensaciones que sólo otorga el privilegio de amar y ser amado... Pero casi sin darme cuenta, recorrimos el camino que va del “amor incondicional”  al “amor obligado” y, de ahí, cruzé sin quererlo, sin saberlo,  la imaginaria línea que me situó en el territorio enemigo. Y estoy ahí. Intentando saber dónde está la locura, dónde se ubica el cielo, cuándo amanecerá de nuevo... porque, por una razón que no llego a entender, soy  ¡ el enemigo !...Y en esa condición me encuentro. Debo ser eliminado para que no quede ni el recuerdo de los instantes que, para mí,  serán los que permanezcan. Ahora solo quiere de mi, el amargo recuerdo de nuestro fracaso...

¿Los pies en la Tierra?

¿Los pies en la Tierra? En los gimnasios burgueses, a los que ya hemos superado la barrera de los cuarenta años, les hacen una prueba médica para saber qué ejercicios son más recomendables para la forma física en que se encuentren. Como resulta que he dejado atrás dicha cifra (en menos de diez años, que conste) me ha tocado pasar la referida prueba. Fue ayer. Antes de proseguir con el relato y para no preocupar a mis seguidoras, aquellas que se despidieron de mí con un “cuídate”, les informo que de momento voy por el buen camino y que continuaré sin perturbarlas en su sosegada vida.

Hecho el paréntesis y para no cansar con resultados sobre frecuencias cardíacas, pulsaciones, tensión arterial, medidas … a lo largo y ancho, peso y demás zarandajas, como una imagen vale más que mil palabras, ilustrando este escrito se ve la imagen de la planta de mis pies. El médico me comentó que el pie derecho ejercía mayor presión que el izquierdo, por lo que sería conveniente corregir esa circunstancia con una plantilla… Lo que no le dije es que, en realidad, estoy cogiendo impulso tratando de alcanzar el cielo.

Esos polvos que no han traído lodos...

Esos polvos que no han traído lodos...

Reconozco que me he resistido a contestar siempre cualquier encuesta del tipo que me proponía Paloma pero, como me lo ha pedido con una sonrisa (si, si, te vi) irresistible, no me he hecho de rogar. Además, me gusta que se acreciente mi leyenda. Estoy convencido que así será cuando leáis las respuestas... Wink

 


1. ¿Cuál ha sido el mejor polvo de tu vida?

Los buenos polvos son aquellos que te hacen felices. Por eso, he de decir que no ha sido un solo polvo el mejor de mi vida, sino dos. Y se aproximadamente las fechas. Uno fue en el mes de junio de 1986 y, el otro, en el mes de agosto de 1993. Nueve meses más tarde nacieron mis dos hijas.

2. ¿Cuál es el sitio más original donde has echado un polvo?

En un globo aerostático teniendo por testigos al cielo y las nubes. Inigualable. Era el final de la primavera de hace ... algunos años. Casi, casi al amanecer. Por cierto. No fue solo uno. Y si. Me sobrepuse al vértigo del momento.

3. ¿Qué es lo que más te gusta en el momento de un polvo?

Que me hagan el amor... porque yo lo hago siempre.

4. ¿Y lo que menos te gusta?

No te lo sabría decir porque nunca hice o me hicieron algo que no me gustase.

5. ¿Qué fantasía sexual te queda por cumplir?

La de cada día que me quede por vivir.

6. ¿Con qué personaje masculino o femenino de la blogosfera te darías un revolcón sin dudar?

Esa pregunta se la deberías hacer a ellas.

 

P.S. Me encantaría pasarle la "pelota" a ellas, fundamentalmente, pero no lo haré. Dejaré que me respondan en privado...

Fechas






Hoy hace seis meses que escribimos, Entre Líneas y yo, las primeras rayas en este lugar y habíamos pensado que podía ser un buen día para enterrar a “Entre Líneas”. El citado individuo se encuentra convaleciente de un accidente que sufrió al caerse mientras representaba su número de equilibrista en ese circo de la Vida en el que trabajamos. A pesar de los años que tiene y de los avisos que ha sufrido con otras caídas, se empeña en seguir trabajando sin red. Yo se lo digo, pero él “erre que erre” con las mismas. Y así le va, dándose de golpes con el suelo de la pista.


En principio estas páginas iban a tener otro título y su fecha de caducidad estaba fijada en trescientos sesenta y cinco días. Hace aproximadamente un mes pensamos que seis meses ya estaban bien. Era la mitad de nuestros objetivos y dada nuestra endémica remolonería, superaba incluso las expectativas. Pero, claro, cerrarlas ahora nos crea un problema de conciencia para con algunas personas que conocimos en el medio (“La Red") Son aquellas que saben de nuestras andanzas exclusivamente a través de este diario. Son aquellas que, de vez en cuando, se asoman a esta ventanita para saber si estamos ahí y conocer si “nos cuidamos”, no vaya a ser que, no haciéndolo, vayamos a molestar su tranquilidad de espectadoras privilegiadas y tengan que representar nuestro número circense o, lo que es peor para ellas, ayudarnos en él.


Por eso, en aras a evitar sufrimientos, hemos decidido continuar hasta mañana, o tal vez hasta pasado, o hasta hoy, con nuestra función y hacer llegar un mensaje de tranquilidad a esas personas que tanto bienestar nos desean. Por favor, no preocuparos más. Nos cuidamos y, para demostrároslo, nos vamos ahora mismo al gimnasio.

Autogestión

Autogestión No me gustan los que mandan mucho.
Tampoco los que obedecen demasiado.
Por eso prefiero gobernarme yo mismo.

Vanidades confesadas

Vanidades confesadas Paseando por los diarios me he encontrado con un comentario que más o menos decía así: “Sigue así, escribiendo para ti, porque en cuanto escribas para los demás dejarás de ser tú mism@”.


La glosa me ha parecido una frase hecha y desafortunada. Algo que se dice para agradar a esa persona. No la entiendo de otra manera. Porque el que alguien escriba sobre su vida, la vida de los demás o sobre historias inventadas en un sitio público como es “La Red”, es indudable que se hace para que lo lean los demás. Para los demás. Y cuántos más, mejor ¿o no habéis leído más de un artículo en el que se hacía un “resumen estadístico” sobre número de visitas, lugares de dónde provienen, etcétera? Y nos gusta que comenten lo que escribimos. Y controlamos quién entra en nuestras páginas (¿a cuento de qué están esos contadores “exnedstat” y similares?). Toda esa actividad de vanidades no confesadas es, además, un ejercicio sanísimo ¿Alguien me rebate que querer gustar al prójimo y a la prójima no lo sea? Y añado, no creo que con ello uno o una deje parte de su esencia en el intento.


Lo tengo muy claro. Rasgueo estos imaginarios papeles porque me gusta. Fantaseo con ideas e invento historias y quiero transmitirlas. En definitivas cuentas, deseo que me lean. Es más, me chifla que se abra un debate sobre lo que escribo. En resumen, escribo por mí y para los demás. Y, por supuesto, me exijo gustar. No pienso que seguir ese principio haya operado en mí una transmutación que haya alterado mi esencia. Si así fuese, estoy convencido que la sustancia mejoraría. Escribir para los demás, querer agradar y ser un vanidoso como yo, “obliga” a eso. A pulirte sin dejar virutas en el camino.

Nuria

Nuria. Así se llamaba mi primer amor. Mi primer amor serio y a la que le dí la categoría de “novia”. Antes de ella habían existido otras, las “salecón” que dice mi hija mayor. Enamoramientos veraniegos e iniciaciones con alguna chica extranjera más o menos avezada en las técnicas amatorias. Y es que, en aquella época, los chicos empezábamos a medio saber lo que era el cuerpo de una mujer con forasteras.


Nuestros caminos se cruzaron cuando los dos teníamos diecisiete años. Fue un mes de abril. Un seis de abril exactamente. Casi, casi al son de aquella canción de ‘Mocedades’ que sonaba por aquél entonces y cuya letra decía “en abril nació el amor … y el otoño se lo llevó”. Nuestra relación duró algo más. Poco menos de un año y medio. Un año y medio que supuso el fin definitivo de mi adolescencia y la entrada para siempre en el mundo de los adultos. Un año y medio en el que las fantasías se convirtieron en realidades para dar paso a los sueños. A los sueños de futuro.


Salí del amparo de mis padres para refugiarme en el del amor. En el del amor para siempre. Porque cuando te recibe el amor, cuando notas su abrazo, crees que es para toda la vida, porque ya no te puedes imaginar tu vida sin esa persona. Después viene la vida, compañera inseparable del amor, para sacarte del engaño. Pero entonces eso no lo sabía y me preparé para que Nuria fuese ese amor… y eso me convirtió en hombre. Ella me convirtió en hombre.





Me enamoré de ella perdidamente y era correspondido. Nos conocimos y, en una semana, se juntaban nuestros labios, no sin antes utilizar las formalidades que por aquél entonces se estilaban. La formalidad era que había que “pedir para salir” y, si te daban el esperado “sí”, ya podías besar a la chica en los labios. Esa era la secuencia. Luego tus amigos o amigas para saber si el chico o la chica “ya era tuyo o tuya en exclusividad” te hacían la pregunta “¿Ya sales con él o ella?” y según la respuesta fuese afirmativa o negativa, ya sabían que si te habías dado el lote o morreo.


Recuerdo que pasamos ese fin de semana con los labios pegados. Parecíamos una sola boca. Descubrimos la avidez del deseo y, superado el miedo que en un primer momento el deseo en estado puro te hace sentir, nos abandonamos a él… y me dije que aquello no podía terminar nunca. Aquellos sentimientos cuya esencia destilábamos en cada uno de nuestros encuentros, eran únicos e irrepetibles y nunca más podrían darse con otras personas. Era imposible que pudiesen tener otros protagonistas diferentes a nosotros. Y es que el mundo giraba porque ella existía. Y el sol cruzaba la línea del horizonte cada día porque ella sonreía.


A pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, aún se porqué la quise tanto. Por primera vez me hizo sentir que era importante para alguien. Ella que era ya una mujer en la que se juntaban inteligencia y sensualidad, estaba “colada” por un niño como yo y me necesitaba. Ese sentimiento que me elevó a la categoría de héroe es el que atrapó mi alma. Y eso que poco podía ofrecerle yo en aquél entonces como no fuese un amor incondicional y un deseo convenientemente hormonado. Había iniciado por entonces la universidad y estaba preparando oposiciones para entrar en la administración pública. La verdad es que no hubiese preparado las oposiciones si Nuria no hubiese aparecido pero, como el futuro no podía preverlo sin ella, tenía que trabajar para construirlo.





Con tanta ocupación, Universidad y preparación de oposiciones y el trabajo de ella -había dejado de estudiar y se puso inmediatamente a trabajar al poco de conocerme- sólo nos quedaban los fines de semana para estar juntos. Es fácil imaginar cómo los pasábamos …


Tal vez, esos diferentes caminos que habíamos elegido fue lo que, al final, dió al traste con nuestra relación. Yo en segundo de carrera y preparando unas oposiciones de incierto resultado. Ella trabajando y pensando en formar una familia. Si. A los diecinueve años. Entonces, en aquellos años, las cosas eran así. Lo hubiese dejado todo por ella y me habría partido el espinazo en la obra como unos meses antes había hecho en un trabajo temporal, si un mes de agosto y un amigo de la infancia, mi mejor amigo, no hubieran aparecido en nuestras vidas.


Lo que pasó ese agosto es historia conocida. Me quedé sin novia y sin mi mejor amigo. Aunque la memoria es selectiva para los momentos tristes, recuerdo a la perfección el día y el instante en que escuché su voz al otro lado del teléfono. Un veintidós de agosto. Tal día como hoy se acabó ese primer amor.


Primero aparece el dolor. Un dolor intenso, imposible de calmar, hasta que luego se convierte en angustia, antesala de la desesperación… Finalmente, el vacío. Absoluto, profundo y oscuro vacío. El mundo se había roto en mil pedazos y ya no existía nada. Y yo era reo en esa nada.


Lloré. Lloré durante semanas, hasta que las lágrimas dieron paso a la rabia. Si, esa depredadora que transforma el amor en odio cegando los buenos recuerdos. Nuestros buenos momentos. Y así, cegado por la rabia hice lo que nunca se debe hacer, cerrar con un portazo nuestra historia cuando, unos meses más tarde la llamé por teléfono y lo único que se me ocurrió fue insultarla.


Casi un año más tarde la seguía recordando y, cuando me enteré que había roto con mi (ex) amigo, me hice el encontradizo. Por aquél entonces la rabia ya había desaparecido. Ahora era el orgullo el que me tenía preso. Un orgullo que me impidió pedirle perdón cuándo nuestras miradas se encontraron y que atenazó mi corazón cuándo quise decirla lo mucho que la encontraba a faltar. Lo mucho que la necesitaba todavía. Pero no fue así y traté de hacerla saber, con palabras frías como el hielo, lo bien que me iba en la vida. “Aprobé la oposición y en abril empecé a trabajar. Voy al trabajo por las mañanas y, por las tardes a la facultad. Me va fenomenal en la carrera ¿Sabes? Estoy ya en tercero y voy a empezar periodismo. Por lo demás, no me quejo, ahora salgo con fulanita”. Una sonrisa de ella por respuesta. Una lágrima reprimida y un adiós. Eso fue todo. “Adiós”.


Nunca más volví a verla y si nos cruzamos por la calle, no la reconocí. Nunca más volví a hablar con Nuria. Sólo supe de ella, hace más de diez años, a través del marido de una compañera suya de trabajo que me contó retazos de su vida actual. Se casó con alguien que yo no conocía y tuvo un hijo. Continuaba trabajando en el mismo sitio y, por lo que supe, no le iba mal. Me alegré de corazón. Me alegré mucho de que la vida le sonriese. Que fuese lo afortunada que lo era yo.


La hubiese llamado en más de una ocasión para pedirle perdón. Para decirle lo arrepentido que estaba de haber dicho lo que dije. Para reírnos de las chiquillerías que hicimos. Para contarle lo importante que había sido en mi vida. Para que supiese que ella había sido el primer amor con todo el valor que eso tiene. Para desearle toda la felicidad del mundo incluso más de la que yo tengo… si es que la felicidad se puede medir. Para recordar los únicos momentos que conservo de ella, los buenos… Y estoy convencido que ella hubiese querido hablar conmigo y decirme que también había sido valioso en su vida y que siempre que me recordaba lo hacía con una sonrisa. Nuria también hubiese querido cerrar nuestra historia. Pero esta vez sin portazos. Con cariño.


Pero no lo hice y ya nunca podré decírselo. Nuria murió un veintidós de agosto. Hoy hace justo un año. Ví su esquela en una sección de necrológicas y, por segunda vez, se fue. Ella que fue mi primer amor. Ese que nunca se olvida. Ese que nunca olvidaré. Hasta siempre. Hasta que nos encontremos.

El hombre más fotografiado en los hogares de Tokio

Pues aunque os parezca mentira, el hombre más fotografiado en los hogares de Tokio, no es el emperador japonés Akihito, ni su esposa la emperatriz Michiko. No. Los japoneses no tienen en las estanterías de sus librerías, ni encima de sus televisores la foto de sus mandatarios. El hombre más fotografiado en los hogares de Tokio soy yo. Y lo digo sin temor a equivocarme. Esas son las ventajas o desventajas, según se mire, de trabajar cerca de uno de los enclaves más turísticos de Barcelona y ser un contumaz andarín.





Mi andadura, para acudir a mi lugar de ‘descanso laboral’, se desarrolla cada mañana invariablemente por el Paseo de Gracia, Plaza Cataluña y Avenida de la Catedral. La Pedrera, Casa Batlló en la llamada “manzana de la discordia”, fuentes de la Plaza Cataluña flanqueada por el “Corte Inglés” y, finalmente, la Catedral son los objetivos de los turistas del mundo entero y claro, a esas horas de la mañana, entre 8 y 9, los más madrugadores son los japoneses. Los inconfundibles nipones de bombachos, gorra de béisbol y cámara fotográfica de última generación se aprestan ávidos a sacar la mejor instantánea de todo lo que no se mueve y tiene un aspecto antiguo. Y, claro, uno que va como va a esas horas, deprisa, medio despierto y sin prestar atención a los simpáticos turistas, no repara que eclipsa más de una foto en su trayecto. Ahí estoy yo. Luciendo en los hogares de Tokio, capital de Japón, siempre en la misma posición. Estoy por pedir a su gobierno derechos de imagen.

Miedos

Alguien más entendido o entendida que yo decía que hablar de los miedos es empezar a superarlos. Así que hablaremos (escribiremos) de ese miedo, de esa preocupación que much@s compartimos. Uno, que ya es veterano en las artes de la navegación por este, a veces, proceloso mar de “bytes” que es “La Red” va encontrándose con las especies marinas más variadas. Sirenas que te atraen con su canto y promesas de un Edén eterno y sin parangón. Neptunos que venden protección, “complicidad” (palabra de moda que trata de indicar lo que antiguamente se denominaba “amistad con derecho a roce”) y toda una serie de vistosos artículos que hacen las delicias del consumidor más exigente...





Y un@, azuzad@ por esa explosión apasionada y loca, abre su corazón a la sirena o neptuno de turno... ¿Y qué ocurre entonces? Muy sencillo. Una vez “cobrada” la pieza aquél personaje “quasi” mágico, se convierte en pececill@ y se escurre entre el oleaje en las profundidades de lo que ahora es una auténtica fosa abisal...


Y a fuerza de que esa situación se produzca una y otra vez, de que en cada una de ellas un pedazo de tu corazón se desprenda, aparece ese miedo de que poco a poco te vayas quedando vací@... y sientes miedo de dónde quedarán las cosas que has dicho, que has sentido, que has confiado. Y te desespera ser consciente, en ese momento, del valor que se le daba a ese pedazo de tu alma...


Y ocurre que a mi también me preocupa que desaparezcas “a vuelta de correo”. Por eso, muchas veces me vuelvo como un caracol... pero contrariamente a los que le sucede a ese animal que se retrae y se refugia en su caparazón cuando detecta el peligro, yo me voy a él cuando no detecto, cuando no siento ...

Ilusiones

Ilusiones Parece como si la tierra y el mar estuviesen juntos. Tienes la sensación que tras la línea que los separa entrarás en el oleaje. No es así. A medida que nos acerquemos al límite veremos como aparece ante nosotros una atalaya, donde puedes detenerte a contemplar el magnífico paisaje que se ofrece y, tras el mirador, un pequeño acantilado lleno de rocas que sirve de batiente a las olas y de camino para acceder al mar. Hemos tenido una ilusión. Creíamos que podríamos alcanzar fácilmente el mar y no es así. La ruta es algo más complicada y si queremos llegar hasta ese punto del horizonte, hasta ese barco que divisamos, el esfuerzo será mayor del que suponíamos.


Es fácil ilusionarnos en nuestras relaciones por “La Red”. ¿Cuántos y cuántas hemos sucumbido a su influjo “cuasi” mágico?. No tengo estadísticas pero intuyo que son pocos los que quedan fuera. Tantos y tantas como quién nunca se ha conectado. “La Red” atrapa. “La Red” engancha. “La Red” es una enorme fábrica de ilusiones que nosotros podemos utilizar a nuestro antojo. Cada vez que alguien nos atrae y somos correspondidos, nace una nueva ilusión. Está ahí y parece muy sencillo cogerla. Pero no lo es. A medida que nos acercamos aparece la atalaya y, tras ésta, el acantilado rocoso en el que golpean las olas con mayor o menor intensidad. Podemos, no obstante, saltar la plataforma y descender el pequeño barranco hasta alcanzar el mar e ir tras el barco, tras la ilusión... o podemos quedarnos sentados, contemplando como pasa el navío, contemplando como pasa el sueño. Arriesgándonos a que ese inmenso mar acabe por engullir todas nuestras esperanzas.